Durante casi nueve años, Mirta atravesó un recorrido médico largo, complejo y profundamente transformador. Un camino que comenzó de manera inesperada y que los llevó a encontrar, en un momento crítico, un equipo de salud que marcaría un antes y un después en su vida.
Según relató su hijo Luis, todo comenzó cuando su mamá se descompensó y debió quedar internada. “Fue una descompensación general, con deshidratación y mucha debilidad. No había síntomas oncológicos, ni antecedentes. Durante la internación, después de detectar un pequeño sangrado, se empezó a investigar y ahí apareció el diagnóstico”, manifestó.
El resultado fue claro y contundente: “Adenocarcinoma de recto”, explicó.
A partir de ese momento comenzó un tratamiento extenso y por etapas. Primero, la estabilización clínica; luego el seguimiento ambulatorio y el abordaje oncológico con quimioterapia y radioterapia para reducir el tamaño del tumor. Durante un tiempo la lesión se mantuvo controlada, pero con el paso de los meses volvió a crecer y fue necesario avanzar con una intervención quirúrgica. Fue en ese contexto cuando Mirta llegó al equipo del doctor Avellaneda. “Ahí es cuando nos derivan al equipo de cirugía del doctor Nicolás y, desde ese momento, él fue nuestra guía”, recordó Luis.
La cirugía fue un procedimiento de alta complejidad debido a que el tumor estaba muy cerca del margen anal. Sin embargo, se pudo realizar por via laparoscópica mínimamente invasiva, lo que permitió extirpar el tumor y tener una recuperación rápida posterior. Como parte del tratamiento, Mirta debió atravesar un período con una ileostomía temporal, la cual se realizó para proteger la unión intestinal realizada entre el colon y el recto inferior. “Se colocó una bolsita temporal, para que todo cicatrice bien, y después se hizo la cirugía de reversión para volver al tránsito normal”, recordó Mirta, quien también participó de la entrevista y acotó algunos de sus recuerdos sobre aquellos días.
El resultado fue alentador: “No hubo nunca más remisión de la enfermedad”.
Hoy, Mirta ya fue dada de alta oncológica. “Después de cinco años sin recidiva, nos dijeron que ya no era necesario seguir con controles preventivos. Nos dieron el alta definitiva”, contaron Luis y Mirta, felices por haber recibido esta noticia después de años de lucha.
Vale destacar, además, que más allá de la evolución médica, la historia de esta familia estuvo atravesada por una vivencia intensa que implicó cambios profundos en su vida cotidiana. “Te cambia la vida. Te cambia el enfoque, las prioridades, todo”, expresó Luis sobre la enfermedad de su madre, y agregó: “Somos los dos solos. Yo tuve que dejar mi trabajo para acompañarla las 24 horas durante la internación. Fue un salto al vacío, con muchas incertidumbres, pero con la confianza de estar en un equipo médico integral y, sobre todo, muy humano”.
Mirta también lo resumió con sencillez: “Me atendieron muy bien. Estoy muy conforme. Gracias a Dios hoy estoy bien”.
Pero si hay un punto que Luis destaca con especial énfasis es el compromiso personal del doctor Avellaneda durante uno de los momentos más difíciles del proceso. “La obra social nos cubría la cirugía, pero no el material quirúrgico. Yo no entendía nada de ese tema. Logré conseguir un importador y llamé al doctor Nicolás para pedirle ayuda. Él mismo habló con el proveedor para explicarle exactamente qué equipo necesitábamos”, relató y prosiguió: “Fue una situación de película. Entré al quirófano con el equipo en la mano cinco minutos antes de que cerrara la administración. Estaba en juego la vida de mi mamá y él se involucró como si fuera un familiar más”.
Para Luis esa actitud resume el verdadero diferencial profesional de Avellaneda: “El valor humano que tiene supera al valor técnico, y eso que técnicamente es de primera. Se involucró más allá de lo que le correspondía. Eso me va a quedar grabado para toda la vida”.
A lo largo de todo el proceso, la comunicación y el acompañamiento fueron claves. “Él era nuestra guía. Depositamos nuestra confianza, nuestra fe y la vida de mi mamá en alguien que no solo sabía como médico y cirujano, sino que también entendía lo humano y lo social”, afirmó.
Consultado sobre si en algún momento dudaron frente a las decisiones médicas, ambos fueron contundentes: “Nunca dudamos. Vimos que todo el equipo buscaba lo mejor y nosotros nos pusimos al cien por ciento. No hubo ninguna duda”.
Hoy, con Mirta recuperada y retomando su vida, la familia puede dimensionar el recorrido con otra perspectiva. “Hace nueve años estaba internada, con un diagnóstico incierto y riesgo de vida. Hoy está viajando, paseando, disfrutando. Es trabajo de la ciencia y del equipo médico, pero también fue casi un milagro”, expresó su hijo.
Mirta lo dice con emoción: “Estoy muy agradecida. Gracias a Dios, a los médicos y a todo el esfuerzo de mi hijo, hoy estoy bien”.
Desde su experiencia, ambos remarcan un mensaje de concientización para quienes atraviesan una situación similar. “Que no bajen los brazos nunca, por más largo que sea el tratamiento”, aconsejó Luis y continuó: “Puede haber cirugías, ostomías, sondas… son etapas. Son momentáneas. Después se revierten y el paciente puede volver a tener una vida normal”.
Para terminar, ambos coincidieron en una recomendación directa: “Confíen en el equipo médico y, especialmente, en el doctor Nicolás Avellaneda. No solo por su conocimiento, sino por su humanidad. Para nosotros, va a estar toda la vida en nuestros corazones”.

